martes, 28 de mayo de 2013

Nadie se pierde en una isla

El arcén se había convertido en un intercambiador improvisado.
Angie y yo paramos el coche de alquiler para intentar orientarnos en la isla. Hacía horas que teníamos que estar cenando, los teléfonos se habían quedado sin señal o batería y necesitábamos un respiro para ponerlo todo en orden.


El coche de la segunda pareja se paró detrás nuestro poco después. Una mujer joven, poco mayor que Angie, guapa, con la barriga redonda por el embarazo y un tipo, el padre de la criatura, que la acompañaba.
Ella era una mujer jovial, de esas que se acercan a otras más jóvenes que ellas con alegría y ganas de guiarlas en la vida; de enseñarles los trucos que se saben y volver a tener por un momento una muñeca o una hermana pequeña a la que hacer reír y que la haga reír a ella; alguien con quien compartir intimidades, hobbies y vestidos.
En este caso para ella el hobby era un juego de pelota japonés que consistía en disparar la bola 3 veces tras recitar una cantinela a una persona que la recibiera al otro lado, una pasión que acababa de descubrir en su luna de miel en Tokio.

El tipo… en fin, el tipo se sabía manejar. Era como uno de esos publicistas que traen de cabeza al ejecutivo de cuentas. Uno de esos hombres que las hacen sentirse seguras a su lado; que sabe criar un hijo, que sabe navegar, usar los puntos y las comas, cruzar un río, despiezar un pollo y dosificarse bien la droga.
Una mandíbula cuadrada y firme afeitada hace el tiempo perfecto para siempre lucir bien.

Habían quedado con alguien que se retrasaba así que les tocaría esperar y como las chicas se pusieron a hablar a nosotros no nos quedó más remedio.
Ellas se llevaron mejor que nosotros. Mientras que Angie para la mujer era ella misma en una realidad paralela, para él yo era todo aquello a lo que él había dado la espalda y no quería volverse a mirarlo. Se encendió un cigarro y yo le pedí otro. Hablamos de lo que sea, de que se habían comprado una casa por la zona, de que el momento era el adecuado, al igual que su trabajo, su puesto y su pastor belga.
Al acabar el cigarro yo lo tiré al suelo con un gesto semichulesco y despreocupado. El tipo me miró a los ojos y me pidió por favor, por mi nombre, que lo recogiera y lo dejara en una papelera que había en esa mitad de la nada un poquito más lejos. "no es un gran esfuerzo, Rodrigo", me dijo.
Angie hizo una pausa en su conversación para regañarme con la mirada y sentirse un poco avergonzada y yo, por supuesto, hice lo que el tipo me dijo pidiendo perdón.

En ese momento me di cuenta del chico que estaba sentado al lado de la papelera.
Un chico con una sudadera negra y pelo largo. No sé cómo nos pusimos a hablar, supongo que porque no quería volver al grupo de antes con ese tío y su mandíbula de mierda, y charlamos precipitadamente de lo que es la vida ahora. De los modernos que se llaman modernos entre ellos y te lo llaman a ti, de que para nosotros no fue fácil al principio, que si no teníamos amigos con los que compartir los discos ni nadie con quien cantar las canciones. "Yo fuí el primer tío en llevar el pelo largo en el King's College" le dije, "y un pendiente, ¡con diez años!".
El era del 75, me dijo. Sabía de lo que le hablaba.
Le pregunté cómo llegar al sitio al que nos dirigíamos, que casi se me había olvidado después de todo, pero me dijo que no tenía idea de dónde estaría eso pero que no me preocupara, que en una isla no se pierde nadie.

Volví atrás donde Angie se estaba despidiendo de la mujer con un abrazo. Le dije adiós a ella y le levanté la cabeza a él para despedirme. Ellos se estaban metiendo en su coche y Angie y yo acabábamos de meternos en el nuestro cuando se acercó por la carretera el chico con la camiseta del Barça.
Yo le vi por el retrovisor, medio tapado por el coche de la pareja. Ví cómo Mandíbulas salió en dirección a él, para saludarle, supuse. La mujer se quedó mirando hacia ellos girando la cabeza desde el asiento del copiloto cuando el chico desenfundó y se oyó el disparo.

Una luz naranja.
Vi al hombre desequilibrarse y a su mujer no entendiendo nada.
Otra.
El hombre dio un paso atrás.
Fue un paso torpe, un paso dado por un impulso ajeno a él. 
Como una señal enviada por su cerebro a su cuerpo desde la nostalgia de saber que era la última vez que se comunicarían. 
Como un beso de despedida en el bigote.
Otra.
Y otra...

Nosotros dejamos atrás el cielo poniéndose naranja a borbotones desde el coche a toda velocidad. Encontraron la bala que le mató en la traquea del chico de la sudadera negra, que poco tenía que ver con todo eso. 
En verdad ninguno tuvimos nada que ver, estábamos todos ahí por casualidad menos ellos, que tenían una cita. 

Fue todo cosa de ellos tres, ahí nadie más tuvo la culpa. 
Nosotros solo nos habíamos perdido.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Ésta va por ti, viejo.

Hace mucho que no hablamos.
Vamos a aprovechar ahora que tienes tiempo y zanjamos lo pendiente.
Empiezo yo si te parece bien...

Hank Williams III – Straight To Hell - Explicit

Me dejaste rodeado de hermanas, una madre más responsable que tú y un hermano con bastantes maletas que cargar de su propio padre como para ponerse a arrastrar las tuyas.

La línea de recuerdos tuyos que tengo va así:

Tú dándome un golpe en la mano por hablar mal a mi madre.

Tú diciéndome que no me asuste por llevar en mi regazo la cabeza del hombre ensangrentado que iba conmigo en la parte de atrás del coche después de atropellarlo.

Tú subiéndote a un coche con mamá y no volviendo más a casa.

Las cintas grabadas en la cárcel con las que hacías un esfuerzo por ser el padre que no podías ser.

Más adelante, tú y yo en la cárcel.
Tú en tu celda, yo en ella de visita. De fondo las fotos de Abel, tu otro hijo, y las mías en el cabecero de tu cama. Hablando tú, escuchando yo. Contando los días que me quedaban para irme a España sin saber cuándo volvería a verte, yo. Contando los días que te quedaban para salir de Lurigancho tú.

Tú llegando a casa de mis abuelos, fugado de la cárcel y, como buen argentino, hablando. Hablando sin parar y calmándome con tu voz.

Y me calmé lo suficiente como para irme sin armar mucho jaleo. Se intercambiaron los papeles. A los 8 años fui yo el que te abandonó con un cassette de Kenny Rogers, un machete con nuestras iniciales grabadas en la empuñadura que casi no me cabía en la mano y un pasaporte redactado por ti en el que mi segundo nombre era el tuyo y mi fecha de nacimiento cambiada al mes en que tú naciste.
Te dejé fugitivo en Lima con una identidad falsa y una promesa en los labios: "Iré a buscarte. Te iré a buscar y te compraré una bicicleta. Te compraré una computadora. Te iré a buscar y volveremos a estar juntos tu madre, tú y yo y no tendrás que preocuparte por nada. Ve con tu madre y espérame."
Y con 8 años cumplí mi parte. Me calmé y esperé.
Esperé y esperé hasta que meses más tarde el teléfono dejó de sonar por ti.
Recordando tus consejos poco a poco conseguí quitarme los tics y un día, al fin, conseguí olvidarte. Me curé de ti como más tarde aprendería que se curan los corazones rotos y de pronto, sin darme cuenta, había dejado de pensar en mi padre. Hasta tal punto fue así que cuando me preguntaban, la respuesta era fácil:
-¿Y tu padre?
-No tengo.

Dejé de tener padre de un día para otro. Ni vivo, ni muerto, sencillamente no lo tenía. A tomar por culo con tu promesa. Si no te importaba a ti porqué me iba a importar a mí.
¿Quién eras tú al fin y al cabo? ¿Mi padre? Mi madre me lo dejó bien claro: yo era suyo y ella era mi padre y mi madre.
No te necesitaba para nada.

Así pasarón los años hasta que un día, cumplidos los catorce o quince años llamaste. Nos localizaste, no sé cómo, y hablaste con mamá. Me enteré por ella y hablé contigo. No hablamos de la bici, ni de la computadora. Te pregunté que qué tal, me contestaste que bien y te devolví la mentira en mi turno. Colgamos sin demostrar ningún sentimiento el uno por el otro.
Tú necesitabas cien dólares, me dijeron y tengo entendido que los conseguiste.

Cuatro años más tarde, a los dieciocho, no sé cómo, probablemente por algún amigo de la familia de esos que ahora están en la cárcel o muertos, recibí una explicación. Te encontraron. La policía te rodeó y tú ibas armado o me imagino que ibas armado. ¿Porqué si no te iban a haber disparado hasta casi matarte? Pero aguantaste y volviste con las tripas cosidas a la cárcel donde cumpliste la condena entera. Todos los años que te quedaban y alguno más por la idiotez de dejarte coger y los cojones de sobrevivir a las balas.
Todo eso pasó entre tu penúltima y tu última llamada.
Seis años. Yo me enteré diez más tarde pero no pregunté porqué no me lo había contado nadie. Lo asumí con tranquilidad y me lo tragué como había aprendido a hacer con todo lo que no lograba entender en casa durante todo ese tiempo, pero algo había cambiado.
Volví a tener padre.
No sabía dónde, ni en qué estado, ni si él se acordaba de que tenía otro hijo en caso de seguir vivo, pero yo tenía un padre y un par de cosas que aclarar con él.
Fue entonces que quise encontrarte.

Me fui a Los Ángeles por cosas mías. A vivir fuera, a matar el tiempo, a intentar cortar camino para realizar un sueño idiota y aprender a hacer las cosas solo y puede, pero solo puede, que porque era el último sitio en el que te habían visto. El Negro José se había cruzado contigo en un supermercado de Pasadena. Estabas con una mujer con la que él había estado antes y hablásteis, ilegales y foragidos los dos una vez más, aunque en otro país y por motivos distintos. Quedásteis para cenar, charlásteis y quedásteis en volver a veros. Cuando le ví le pregunté si te había vuelto a ver y me dijo que no, que la siguiente vez que vio a la mujer ya no estabas tú y ella sabía de ti lo mismo que él con la diferencia de que le importabas menos.
Hablamos de ti ese día.
Le conté eso que me habías dicho el día que me regalaste el machete en Lurigancho. Que estabas donde estabas porque habías hecho mal las cosas, que eso era sí, pero que no me pensara que eras malo. Que nunca le habías hecho daño a nadie.
Soltó una buena carcajada. No recuerdo qué fue lo que me dijo pero en ese momento entendí que el que te disparó debía pensar lo mismo de ti que José.
Para mí tu rastro se pierde en El Negro.
Ya te lo contará él pero le deportaron. Le dejé 100 pavos y un colchón hinchable para que se cruzara el país en coche e irse a trabajar con su hermana con la mala suerte de que, en el camino, le paró la policía. Le quitaron el coche y el colchón y le metieron esposado en un vuelo directo de vuelta a Lima.
Su suerte con los viajes no cambió. Lo último que supe de él es que se iba de la capital por un problema con una mujer casada.
Le mataron a tiros esperando al autobús en la puerta de su casa.

Y aquí estamos tú y yo ahora, hablando de él. Ya no escucho mucho a Kenny Rogers. Soy más de Hank Williams III y Johnny Cash. Si me fui de tu lado para estar con mamá, que sepas que nos salió mal la jugada. Ella está de vuelta en Perú y la veo poco. Soy el que menos habla con ella de todos los hermanos. Lo siento pero le tengo pánico al teléfono y cuando la llamada es de allí más. Cuando las noticias son buenas son para decir que alguien ha salido de la cárcel y los que salen de la cárcel siempre necesitan algo y cuando son malas es para enterarme de que hay otro al que no volveré a ver.
Esta noche me ha tocado contigo, viejo.
Ahora lo puedo decir muy firme: no tengo padre. Y no porque te guarde rencor, o por una promesa que no hayas cumplido, o porque me valga con mi madre y mis hermanos. No tengo padre porque, al parecer, tenías miedo a los médicos y al final el miedo te mató. Empezó con un dolor de tripa, dicen. Que se convirtió en una gripe, dicen.
Lo que no consiguieron el estrés ni las balas lo ha conseguido una gripe. Menuda puta de gripe que has cogido, pá.
¿Te importa que te llame así?

Te toca a ti, ahora.
Cuéntame tu versión...

Abel García Canori
Mar de Plata, Argentina
¿¿??-2011

miércoles, 11 de mayo de 2011

Las bestias


La imagen es la de unos elefantes.
Unos elefantes con la patas delanteras clavadas al tronco de un árbol cada uno.
Un tronco basto sobre el cual las bestias, con las patas perforadas la una sobre la otra, viajan río abajo azotados por las varas de una civilización extinta.
Pueden ser egipcios o un grupo cualquiera de aborígenes.

Los hombres los transportan y ellos se dejan arrastrar corriente abajo, confundidos, incapaces de entender como estas criaturas tan blandas, tan pequeñas, les pudieron someter para llevarlos a morir.

¿Fue algún descuido?

Porque ellos saben que es el fin. Las bestias saben que es el fin.
Creen que les devorarán.
Que les cocerán a fuego como han visto hacer a otros de esa especie, desollándoles antes para fabricar herramientas con sus cuerpos pero no ocurrirá así.
No con ellos.
No esta vez.
Solo quieren su grasa. Su piel. Su aceite. Los colmillos.
Cuando lo hayan conseguido abandonarán los restos. No se molestarán en esconderlos.
Servirán de ejemplo.



Ella y yo meditábamos sobre esto al borde de las cataratas.
El agua me permitía ver sus hombros y lo largo de su cuello. Su perfil cortando la arboleda que rodeaba nuestro estanque en lo alto del acantilado.
Lo discutimos como un hecho del pasado, como ese accidente histórico que hizo mella en nuestra especie.

- ¿Cómo se pudo hacer eso? ¿dar tan poco valor a la vida? Al dolor.
- Sobre todo cuando ellos son incapaces de dejar que otra corra ningún riesgo.

...y al acabar de decir esto soltamos un patito de juguete en el estanque. La corriente lo llevaba lentamente a la cascada haciendo giros imposibles.
De repente, una trompa, estirándose por encima de nosotros lo cogió muy suavemente y lo dejó a salvo en la orilla, con cuidado.
Era un elefante.
Se bañaba al lado nuestro como si nos conociera, bebió unos tragos y se echó agua por encima.
Tras el baño se giró y volvió a los suyos; un pequeño grupo de elefantes que esperaba a sus espaldas.
Sentí que se despedía con el gesto de los dueños de las fincas al largarse.

domingo, 3 de octubre de 2010

Lo que he hecho con mi año (Septiembre 2009 - Septiembre 2010):

El orden de la lista pretende ser el orden en que los leí, aunque dudo que sea exacto.

Los títulos corresponden a los de la ediciones que leí, en el idioma que los leí. Cuando aparece un título en idiomas distintos es porque me los leí a la vez usando el castellano de apoyo o perdí uno y compré el otro.

Solo aparecen aquellos libros de cuentos y poemas que leí enteros, no parcialmente y no aparece ninguna de las novelas que dejé a medias (The Brief Wondrous Life of Oscar Wao porque solo estuvo en mis manos un par de días mientras leía Rayuela y La Sombra del Viento porque vida solo hay una y bastante la desperdicio ya en otras gilipolleces).

R indica libros que ya había leído y he vuelto a leer.

Los nombre entre paréntesis son los de las personas que me regalaron o me pusieron en contacto con el libro.

  1. - Los Detectives Salvajes, Roberto Bolaño
  2. - Rayuela, Julio Cortázar (Paz Lázaro)
  3. - Una Novela Rusa, Emanuelle Carreré (José Luis Martín)
  4. - 2666, Roberto Bolaño
  5. - Paradero Desconocido, Kressman Taylor (Isabel Serrano)
  6. - Alice in Wonderland, Lewis Carrol (Lourdes Hernández)
  7. - Through the Looking Glass, Lewis Carrol
  8. - Easy Riders, Raging Bulls, Peter Biskind (Paz Lázaro)
  9. - Down And Dirty Pictures, Peter Biskind (Paz Lázaro)
  10. - 13,99, Frédéric Beigdeber (María Martín)
  11. - Ébano, Ryszard Kapuscinski (Gonzalo Maldonado) R
  12. - Pégate un Tiro Para Sobrevivir, Chuck Klosterman (Javier Doria)
  13. - Que se Mueran los Feos, Boris Vián (Eloy Azorín)
  14. - La Invención de Morel, Adolfo Bioy Casares (Ángela Cardona)
  15. - El Lector/The Reader, Bernhard Schlink (Jacob Santana)
  16. - La Escopeta de Caza, Yasushi Inoue (Miguel Pemán)
  17. - Otro Día Más Con Vida, Ryszard Kapuscinski
  18. - Habitaciones Separadas, Luis García Montero (Jacob Santana)
  19. - Ficciones, Jorge Luis Borges R
  20. - Moby Dick, Herman Melville
  21. - Blood Meridian/Meridiano de Sangre, Cormac McCarthy (Ruy)
  22. - La Metamorfosis, Franz Kafka con ilustraciones de Scafari (Melania Sendino) R
  23. - Death of a Salesman, Arthur Miller (Karin Rudoka)
  24. - Llamadas Telefónicas, Roberto Bolaño (Ángela Cardona)
  25. - Historias Fantásticas, Adolfo Bioy Casares (Ángela Cardona)
  26. - Invisible, Paul Auster (Ángela Cardona)
  27. - Tratado de Ateología, Michel Onfray (Ángela Cardona)
  28. - The Fight, Norman Mailer (una chica en Barcelona)
  29. - Fear & Loathing in Las Vegas, Hunter S. Thompson
  30. - El Gaucho Insufrible, Roberto Bolaño (Ángela Cardona)
  31. - El "Martín Fierro", Jorge Luis Borges con Margarita Guerrero
  32. - La Noche es Virgen, Jaime Bayly (Ángela Cardona)
  33. - Disgrace, J. M. Coetzee (Rafa/Ángela Cardona)
  34. - Hamlet, William Shakespeare R
  35. - Heart of Darkness, Joseph Conrad
  36. - Timbuktu, Paul auster (Sandra Martín)
  37. - Blade Runner "más humanos que los humanos", Juan José Muñoz García
  38. - Marinero en Tierra, Rafael Alberti
  39. - La Ilíada, Homero
  40. - Things the Grandchildren Should Know, Mark Oliver Everett (Nieves Lázaro)
  41. - La Odisea, Homero
  42. - Humano Demasiado Humano, Friedrich W. Nietzsche
  43. - El Extranjero, Albert Camus
  44. - Cuentos Carnívoros, Bernard Quiriny (María Martín)

lunes, 14 de junio de 2010

De Qué Hablo Cuando Hablo de Vaqueros


En el sur, Juan Dahlmann imagina que muere a cuchillo al batirse en duelo con bandidos en un almacén rural.
Simultáneamente es conducido a la muerte en un sanatorio bonaerense, víctima de las nefastas consecuencias producidas por un golpe en la cabeza sufrido semanas antes en el cotidiano acto de subir las escaleras a su apartamento.
Los hombres, nos guste o no, lo asumamos o no, decidimos la vida que llevamos pero rara vez tenemos la oportunidad de decidir como acabarla.
Qué menos que darnos el placer de soñarla a nuestro antojo.

Es lícito decir que Martín Fierro es la marioneta de unas vicisitudes despiadas, de un destino de tragedia griega con olor a cuero curtido y sudor equino pero es innegable que cada decisión es suya. Cada ocasión de pelea la disputa y desde el momento en que desierta y desde el momento en que mata al hombre también sabe que su muerte está sellada, firmada con su mano y aprobada desde arriba.

José Hernández no se atrevió, o no quiso contarla y tuvo que ser Borges quien le diera el empujón en el fin.
En la pulpería en la que llevaba 7 años rasgueando su guitarra y mirando al horizonte esperando a que vuelva el hombre que mató a su hermano y le venció a payadas, El Negro espera justicia y encuentra fatalidad: el peso de la culpa.
Él ya había separado a Fierro de sus hijos con palabras pero eso entre hombres no vale lo que la sangre así que, cuchillos al sol, se batieron para cerrar un círculo que se había quedado a medias. Es posible que ahora El Negro tenga a uno de ese par de hijos, o a los dos, buscándole pero habría que encontrar a alguien que nos lo cuente.
¿Neuman, tal vez?

Bolaño está claro que no, pero al menos nos dejó a Pereda.
El abogado es más valiente y por tanto más afortunado que el bibliotecario.
No se deja amedrentar, no se queda a esperar la muerte en Buenos Aires y se echa a buscar la vida en la Pampa, allá donde no queda nada, pero viniendo de donde lo han robado todo pues a uno que más le da...
A rodearse de conejos, tender trampas, ensuciarse las manos y fruncir el ceño al sol que se va Héctor.
Para cuando vuelve a la ciudad casi no la reconoce y ésta parece que se le apartara como se aparta uno de un perro sucio o de un niño enfermo.
En la última escena un urbanita valiente, el de turno, envalentonado por la mentira, un machote de farlopa que se viene arriba con dos rayas se hace el cowboy y sale a achantar al gaucho viejo y desgastado, a ponerle en su lugar, que no es ese y Pereda cambia su destino.
El de ambos.
Él no es Dahlmann y tampoco El Negro.
Héctor saca a pasear el cuchillo y hace entender al cocainita que el que no le tiene miedo a la nada no le tiene miedo a la muerte, ni a la suya ni a la de otros y que las consecuencias no son más que una palabra demasiado larga.
De donde viene Pereda los cuchillos son la lengua paterna y tras clavarle el puñal en la pierna al chulo se gira y se va, dejando al tipo sin saber qué ha pasado y preguntándose, rodeado de personas que más bien parecen palomas callejeras, porqué ese pinche gaucho viejo y apestoso no entiende que en la ciudad se habla y se empuja pero no se llega a la pelea, que en las reglas está el no pasar de la pataleta.

Al dejar al tipo sangrando Pereda se gira y su andar lo he leído antes en la pluma de Hernández:

Limpié el facón en los pastos,
desaté mi redomón,
monté despacio y salí
al tranco pa el cañadón.


Bibliografía:

El gaucho Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro, José Hernández, revisada y anotada por M. Lugones, Centurión, 1926
Ficciones, Alianza Editorial, Jorge Luis Borges, 1971
El "Martín Fierro", Jorge Luis Borges con Margarita Guerrero, Alianza Editorial, 1983
El gaucho insufrible, Roberto Bolaño, Anagrama, 2003

lunes, 24 de mayo de 2010

Quién #&ñ% Es Viktor Bout!?

Viktor Bout es un acuario nacido en Dushanbé, RSS de Tayikistán en el año 1967.
O tal vez no.
A lo mejor nació en Asjabad, Turkmenistán, como él mismo dice.
Según sus pasaportes también se le conoce como Vadim S. Aminov, Víktor Anatólievich But, Víktor S. Bulakin y un sinfín de nombres más.
Algún tío con sentido del humor le bautizó como Viktor Butt (Viktor Culo) y Andrew Niccol prefirió el sobrenombre de El Señor De La Guerra al que puso cara Nicolas Cage para su película homónima de 2005.

Viktor Bout es traficante de armas pero, ante todo, es el paradigma de la sociedad del mercado libre.
Ríete de Gekko.


Viktor Bout hace el signo de la victoria al averiguar que se rechaza la solicitud de extradición a EEUU.

Viktor empezó su carrera militar en las fuerzas aéreas rusas, estudió en el Instituto Militar de Lenguas Extranjeras de Moscú, según todo el mundo (menos él) formó parte de la KGB y fue traductor de la fuerzas de paz en Angola a finales de los años 80, diez años después de la revuelta postindependencia.
Paradojicamente es un hombre casado, padre de una hija que mantiene a su familia al margen de los negocios. Alla Bout, su mujer, le ha procurado abogados y le visita en prisión en Tailandia, donde se encuentra, desde 2008, esperando a que se resuelva la apelación de EEUU a la negativa de extradición por parte de la justicia tailandesa, pero nunca ha sido procesada o acusada.

Viktor Bout es el hermano malo de Tony Stark.

Aficionado a la poesía, la filosofía y la lectura en general, Bout se muestra como un tipo amigable, cercano, bonachón y políglota. Antes de perder los 25 kilos que ha menguado en los últimos 2 años este hombre parecía más Peter Griffin que el Mercader de la Muerte.

En sus declaraciones y las de su mujer Viktor es descrito como un hombre inocente al que la fiscalía americana parece haber elegido a dedo como chivo expiatorio de operaciones internacionales de lo más variadas:
Suministro de armas a Uganda, a las FARC en Colombia (razón por la que le detuvieron los agentes morteamericanos en Tailandia y razón también por la que Tailiandia no se lo entrega. Éste país no considera a las FARC un grupo terrorista) e incluso a los talibanes a pesar de ser "amigo" y proveedor de Ahmed Shah Massoud, conocido por luchar contra ellos al frente de la Alianza del Norte en Afganistán.
También vendía armas a Ruanda.
Pudo haber vendido el misil tierra-aire que derribó el avión de Habyarimana, el malogrado líder hutu cuyo asesinato se utilizó para desencadenar el genocidio del 94.
Es un hecho que fletó aviones con soldados franceses que, supuestamente, debían evitar la masacre poco más tarde.
Viktor no se pierde una.
El bazar está abierto para quien lo necesite.
Bout no sufre de partidismo; el ideal político no es un problema para él. Yo diría que lo considera un chiste rentable.
Como responde Adrian Veidt en Watchmen a la pregunta de si cree que el Doctor Mahattan es de derechas "es como si yo le preguntara a usted: qué prefiere, a las a hormigas negras o a las rojas?"

Yo imagino a Bout como un hombre sin sombra, exento de rasgos físicos, características.
Su silueta se confunde con el fondo, es un fantasma con aspecto costumbrista. Como si el vecino que vemos haciendo footing cada mañana y sacando la basura cada noche pudiera estar derramando sangre mientras hace la colada. Un hombre que consigue cambiar a África pescado por armas de fuego que es el equivalente a venderle hielo a un esquimal que paga con mantas calientes.
Pero no se preocupen, él no mata. Su negocio se halla lejos de su hogar y otros se encargan de realizarlo.
No nos mancharemos la mano al estrechar la suya.
Él solo pone la bala. Otros ponen el ojo, el temblor, el dedo que aprieta el gatillo que él hizo llegar al que mata.
Por nuestro lado nosotros, sus vecinos, solo hacemos que se sienta humano.
Porque entre monstruos los monstruos se sienten a gusto.

sábado, 27 de febrero de 2010

De Qué Hablo Cuando Hablo de McCarthy

Abrió un ojo mientras mantenía el otro entreabierto.
Rojos los dos y secos de resaca y humo.
El gato meaba alegremente al otro lado de la cama, mirando al techo con el rabo en alto como quien confirma una teoría o expone un hecho irrefutable.
Su cara era una sonrisa.

Él deslizó la mano despacio por debajo de la almohada; dorso abajo, palma arriba; hasta encontrar el arma y enroscó el índice por el gatillo abrazando el nácar de la empuñadura con los dedos.
Despacio, muy despacio pensaba para sí y la voz en su cabeza sonó ronca.

Costó un poco sacarlo de ahí, levantar el revolver y apuntar sin que el gato notara el cambio de peso y el temblor de su codo equilibrando el arma sobre la cama pero debía estar muy metido en lo suyo.
La orina le empezó a mojar el muslo.
Dejó escapar un eructito silencioso que el gato oyó y giró la cara hacia él.
Sayonara, whiskas.

Un eco sordo y seco; una nubecita de pelo blanco flotando como plumas en una instantánea; un spray de sangre en la pared; un huesecito pequeño y astillado clavado en ella.
Un resumen de lo que fue el gato.
Olor a humo.

Se puso las botas (había dormido con la ropa puesta), abrió el tambor con una coreografía ensayada de muñeca y pulgar, pescó el casquillo y se lo guardó en el pantalón tras cambiarlo por una bala nueva.
Cogió la mochila, se sacudió el sombrero en la pierna y salió cerrando la puerta tras de sí sabiendo que nunca volvería a esa casa.
La policía no tardaría en llegar.
Once y media.
Con un poco de suerte llegaría a tiempo al desayun0.

...

La hermana menor salió del coche apoyándose en la puerta.
Empezó a andar sin mirar atrás, sin esperarla y por la diferencia de edad entre ellas o por las arrugas en la cara de la mayor las confundirías con una madre y una hija.
Corpulenta la más vieja.

Había tres palomas recogiendo migas del suelo con el pico y antes de que la grande llegara a su altura la pequeña pegó un pisotón en la acera, un pisotón pesado y torpe, como queriendo llegar al fondo de todo esto, provocando un terremoto diminuto.
Las palomas se echaron al vuelo más molestas que asustadas.
La rabia de saber que hacen caso a un instinto vano pues si se hubieran quedado la chica no les hubiera hecho nada.

Al ver el resultado y sin dejar de andar, la chica tiró de la cintura de sus pantalones para arriba, colocándoselos en un gesto de orgullo y satisfacción y miró a su hermana para comprobar que lo que había hecho era importante y de su agrado.
Ésta le sonrió, se cogieron del brazo y caminaron.
Unos coches de policía corrieron calle arriba en dirección opuesta.

Cuando volvieran a por el coche ya no lo encontrarían donde lo dejaron.